AMOR AL DESTINO

AMOR AL DESTINO

A veces la vida me sorprende con caminos que no esperaba. Hay momentos dulces y otros amargos. Alegrías que me hacen agradecer y golpes que me hacen preguntar: ¿por qué a mí?

En medio de todo esto, he descubierto que hay una actitud profundamente liberadora: amar mi destino. No resignarme, no simplemente aguantar, sino amar lo que me ha tocado vivir, porque allí está Dios.

Amar el destino no significa aprobar todo lo que me ha pasado, ni negar las heridas, ni decir que todo fue bueno.

Significa reconocer que incluso en lo que no entendí, Dios estaba conmigo. Que en los fracasos, en las enfermedades, pérdidas, en las equivocaciones y hasta en los pecados, Dios ha seguido actuando con paciencia y misericordia.

He vivido situaciones que no escogí: enfermedades, decepciones, decisiones mal tomadas, duelos. Pero si hoy miro hacia atrás con el corazón abierto, puedo ver que nada fue en vano. Incluso lo que dolió me enseñó a ser más humano, más compasivo, más cercano a los demás.

San Pablo dice: “Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para el bien de los que lo aman” (Roma 8,28). No dice en algunas cosas ni en las cosas buenas, sino en todas.

Eso incluye también los momentos duros. Y aquí está la clave: si confío en que Dios ha estado y sigue estando en todo, entonces puedo empezar a amar lo que he vivido, porque me ha llevado a ser quien soy hoy.

Cristo mismo me enseñó esta actitud. En Getsemaní no huyó de su destino. Sintió miedo, sudó sangre, pidió que se alejara el cáliz, pero terminó diciendo: “Padre, que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42).

Y esa aceptación amorosa de su camino fue lo que me salvó. Jesús no fue arrastrado a la cruz: la abrazó por amor.

Entonces, cuando yo abrazo mi vida, tal como es, cuando dejo de pelearme con mi historia y la pongo en manos de Dios, ocurre un milagro interior: empiezo a vivir en paz.

Puedo dar gracias por lo vivido, por lo aprendido, por lo superado. Puedo perdonarme y perdonar. Puedo amar lo que soy hoy.

Amar el destino no es pasividad. No significa quedarme con los brazos cruzados ni aceptar injusticias. Es una postura activa de confianza: Señor, si permitiste esto en mi camino, aunque no lo entienda, creo que lo usarás para bien. Y desde ahí, camino con esperanza.

Por eso hoy miro mi vida con ojos nuevos, agradezco lo vivido, lo pongo en oración, abrazo mi historia con fe.

Lo que hoy parece oscuro, mañana será luz. Lo que hoy me duele, un día será consuelo para otros. Y lo que ahora no comprendo, un día será motivo de gratitud.

Señor Jesús, hoy quiero entregarte mi vida tal como es. Con lo que me alegra y lo que me cuesta, con lo que entiendo y lo que aún no comprendo. Te entrego mi pasado, mi presente y lo que venga.

A veces me pregunto por qué sucedieron ciertas cosas. Hay heridas que me pesan y decisiones que me duelen.

Pero hoy quiero confiar en ti, creer que en todo lo que viví tú estabas presente y que incluso lo difícil ha sido parte de mi camino contigo.

Ayúdame a amar mi destino, a aceptar mi historia sin rechazarla, a reconocer que en medio de mis caídas, tu mano nunca me soltó.

Dame un corazón agradecido y confiado, que no viva lamentándose por lo que no fue, sino que abrace lo que es, con esperanza.

Enséñame a perdonar, a perdonarme y a descubrir que mi vida tiene sentido en tus manos.

Señor, que pueda decir con humildad y amor:

Padre, que no se haga mi voluntad, sino la tuya.

Gracias Jesús, por caminar conmigo siempre. Contigo, todo lo vivido se transforma en bendición.

UN ABRAZO A TODOS

25 ago 2025