Muchas veces me descubro esperando grandes momentos para amar: una ocasión especial, una fecha importante, una oportunidad extraordinaria para demostrar generosidad.
Y mientras espero lo extraordinario, se me escapa lo pequeño... Se me pasa el día entre pendientes, preocupaciones y cansancios y el amor queda reducido a una intención bonita que no siempre se vuelve gesto concreto.
Me doy cuenta que el camino de la santidad no se construye con hazañas espectaculares, sino con fidelidades sencillas.
Esa santidad no está en hacer cosas que llamen la atención, sino en vivir con coherencia lo que soy cada día.
Sé que a veces quiero brillar, quiero que se note mi esfuerzo, quiero sentir que hice algo grande... Pero el amor verdadero casi nunca hace ruido... Es silencioso, constante, humilde.
Ese amor se expresa cuando soy paciente aunque esté cansado, cuando respondo con suavidad en vez de con dureza, cuando escucho aunque tenga prisa, cuando ayudo sin que me lo pidan.
Amar en lo cotidiano significa elegir el bien cuando nadie me aplaude...
...Significa sonreír en casa aunque haya tenido un mal día.
...Significa no descargar mi frustración en quien no tiene culpa.
...Significa cumplir con responsabilidad mi trabajo, aunque nadie esté mirando.
Es ahí donde se mide la autenticidad de mi fe.
Amar es decidir tratar con respeto, no guardar rencor, volver a intentarlo cuando me equivoco, perdonar rápido, servir.
El amor no siempre nace espontáneamente; muchas veces nace de una opción firme por hacer el bien.
En lo cotidiano también se purifica mi corazón. Porque allí aparecen mis límites: mi impaciencia, mi orgullo, mi egoísmo. Y, sin embargo, cada día es una nueva oportunidad.
Cada mañana puedo empezar de nuevo. Cada conversación puede ser distinta. Cada gesto pequeño puede convertirse en semilla de algo grande.
Cuando amo en lo sencillo, algo cambia dentro de mí. Me vuelvo más libre, más sereno, más humano.
Descubro que no necesito grandes escenarios para vivir mi fe, me basta el espacio concreto donde estoy: Mi casa, trabajo, comunidad, familia… allí está mi altar diario.
Hoy quiero elegir amar en lo pequeño. No esperar circunstancias perfectas. No posponer el bien.
Hoy puedo empezar aquí, con lo que tengo, con quien tengo. Porque la santidad no se improvisa en momentos extraordinarios, se teje con hilos sencillos, día tras día, en la fidelidad humilde del amor cotidiano, pues: “El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho.” (Lc 16,10).
Señor Jesús, enséñame a amar en lo cotidiano. A veces espero momentos grandes para demostrar amor, y olvido que me llamas a ser fiel en lo pequeño.
Dame paciencia cuando estoy cansado, suavidad cuando me siento herido, silencio prudente cuando quisiera responder con dureza.
Que cada palabra mía construya y no destruya. Que en casa, en el trabajo, en mi comunidad y en cada encuentro sencillo pueda reflejar tu bondad. No permitas que me canse de hacer el bien, aunque nadie lo note.
Hazme fiel en lo poco, constante en lo simple y generoso en lo escondido. Que todo lo que haga, de palabra y de obra, sea para tu gloria.
Transforma mi corazón para que amar cada día sea mi camino de santidad...y que este Adviento, pueda esperarte con entusiasmo y fe....
Un abrazo